La noche adormecía los flashes vertiginosos del verano mientras la niebla densa y húmeda deglutía los cuerpos. Ambos contemplaban como el frio rocío bajaba por entre las luces del amarradero para acentuar el brillo metálico de las formas. El calor residual del dique los calmaba momentáneamente.

De día compartían el casco oxidado con las palomas, que se acercaban cabeceando y alternando pavoneos para beber del suave oleaje, siempre y cuando no se alterasen porque el agua les baño las patas de golpe y comenzaran a salticar con aleteos, solamente eran vecinos ruidosos… Nada que temer.

Los domingos a la hora del té el espejo era casi exacto, de un lado las patas  rechonchas y macizas, del otro también. De un lado los cuellos arrugados y tirantes, del otro también. De un lado la sumatoria de centenares de años, en las mesas del otro lado de las barandas también. De un lado las víctimas del carey, del otro lado… impunes las asesinas.

Durante todo el año, pero sobretodo al despuntar la primavera, a ambos lados de la orilla se acumulaban cuerpos sedientos de sol. Como si no existiese un mañana y esa fuese la última oportunidad de exponer a sus rayos toda la carne posible. De un lado la búsqueda era inalienable, del otro todo lo contrario.

De vez en cuando las rutinas se aceleraban bajo las frescas aguas porque un pato o dos rasaban como torpedos, por suerte los peces todavía abundaban… Nada que temer.

Cíclicamente desde hace cientos de años su rutinas eran más o menos las mismas,  y del otro lado también. Pobres imitadores de las hormigas, moviéndose todo el tiempo, trasladando objetos inservibles de un lado a otro, destruyendo todas las creaciones para encimar otras cada vez más endebles, caníbales del esfuerzo común. Que entre más o menos lodo sobrevivían infelices haciendo zapping entre distintas obsesiones. Pero  lo peor era que abundaban y repetían por todas las costas sus cúmulos de mierda.

Esporádicamente se los veía copular: sórdidos y jadeantes se sentaban una  sobre otro y  humedecían sus genitales. El macho mojando sus dedos con su propia saliva deslizaba los dedos por la vagina de la hembra desde el ano hacia la parte frontal y se detenía allí elevando la frecuencia de espasmos de su compañera con pequeños roces, mientras su miembro se erguía empujando la carne lubricada una y otra vez hasta alcanzar el clímax, nunca demoraban mas de unos pocos minutos. En una ocasión incluso se pudo ver como el macho degolló a la hembra y dejo sobre el asiento del banco los despojos mientras se alejaba caminando. Con miedo…con miedo de perderse entre nieblas de lamentos, angustias y pesadumbre.

Desde hacía un tiempo que su acercamiento a las barandas, con flashes, era cotidiano. Emitían los mismos sonidos solo que en lenguajes varios, que poco eficientes eran a la hora de comunicarse. Ese fin de semana volvió a aparecer el mismo macho se acerco a una hembra de otro origen que fotografiaba todo sus alrededor. Le dijo algo entre palabras y gestos y ella abandono el grupo de visitantes para subir junto a él a una pequeña embarcación. Ambos navegaron hacia la anchura del rio y cuando ya no se veía ninguna de las orillas le dijo: -somos dos almas perdidas entre reencuentros y despedidas. Somos dos mentes brillantes, dentro de cuerpos jadeantes… somos el sol y la luna que en un eclipse se juntan, para después separarse y en mil años extrañarse. En un cielo tan inmenso como es el propio universo, en un diminuto espacio, amándonos muy despacio. Así somos vos y yo. Enigmas del corazón que no explica la razón.

Ella escuchaba embelesada sus palabras con los ojos cerrados, el la abrazo junto a la borda y luego la empujo al agua. El pequeño velero retomo el rumbo hacia la costa mientras el cuerpo histérico se sacudía hasta cansarse. Solo resistió un par de horas en su intento de mantenerse a flote hasta que fue hundiéndose cada vez más hasta ahogarse.

Tanto al amanecer como cuando la tarde caía se podía observar como corrían por los senderos de la reserva ecológica, siempre alternando trote y caminatas hasta volver cansados al punto de partida. Como tambores se oyen sus latidos. Como si el tiempo, cruel redoblante, les marcara el pulso de últimos instantes.  Y aun así casi todos vuelven a repetir el mismo ritual al otro día. Pero no en esa oportunidad. La hembra ágil miraba su muñeca reiteradamente mientras tocaba su cuello con dos dedos. A lo lejos se acercaba el mismo macho: morisca figura, duras las manos, grandes los ojos, tiernos los labios y tenaz la mirada. Con gentiles y atentos comentarios se adentraron en el sendero a la carrera, de golpe la empujo hasta los matorrales y la derribo al suelo asfixiándola con sus propias manos ella era morruda y tuvo que forcejear bastante hasta sofocarla por completo. Pero todo el sudor extra y  la ropa desaliñada parecieron pasar inadvertidos entre los demás corredores que circulaban, mientras el poco a poco trotaba hacia la salida.

La noche adormecía los flashes vertiginosos del verano mientras la niebla densa y húmeda deglutía los cuerpos. Ambos contemplaban como el frío rocío bajaba por entre las luces del amarradero para acentuar el brillo metálico de las formas. El calor residual del dique los calmaba momentáneamente.